Nunca fui buena comenzando cosas. Cartas, disculpas, declaraciones de amor, todas éstas en donde había alguien esperando que llegara al grano me ponían nerviosa. Pero una de las cosas que recuerdo que no me puso nerviosa al comenzarla fue bailar. Por eso no se me ocurrió mejor manera que comenzar este blog de anécdotas del tango y el mundo de la milonga, que con el recuerdo de mis primeros pasos.
Llegué a un gimnasio en dónde los sábados se daban clases a las siete de la tarde. Pasé por el ruidoso ambiente de gente transpirada y música ¿electrónica?, o digamos “de gimnasio”, y por fin llegué al salón con piso de madera, espejos y barra en donde se veía por la puerta de vidrio a gente bailando. Cuando el profesor abrió la puerta, llegó hasta mí el compás y el vozarrón de algún cantor que ahora no podría recordar. Y ahí empezó todo.
En ese momento tenía quince años, llevaba una remera roja gigante, y unas zapatillas gastadas con cordones fucsias. Ese aparato fue el que comenzó a caminar hacia atrás apoyándose sobre el pecho de un hombre.
Esto me lleva a reflexionar lo afortunada que fui, y lo afortunado que es aquel que se cruza en algún momento con el tango. Porque puedo dar fe, que una vez que este melancólico testigo aflora dentro de uno, ya no hay vuelta atrás.
Hace un tiempo un musicalizador a quien le tengo mucho aprecio me contó que tenía dos hijos, uno que había seguido sus pasos, y otro que era abogado y no le interesaba la música. Y al final me dijo: “Y bueno, vos sabes, esto te llega o no te llega”, y es verdad. No hay punto medio -y con esto no quiero decir que debamos dejar todo por el tango-, pero nadie que realmente se enamore del tango puede volver atrás y hacer como si esa visita hubiera sido temporaria.
Eso es otra cosa que me encanta del tango: la forma en la que llega a cada persona, cada uno tiene su historia distinta, por herencia familiar, por una pareja, por necesidad de una escapada, por mal de amor, y hasta por casualidad.
5 de julio de 2007
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