Los baños son una parte esencial de la milonga. Más allá de necesidades biológicas, cubren otras tantas.
En la mayoría de los baños de mujeres hay siempre una señora que tiene una mesita y un platito para que le dejen monedas. En la mesita podemos encontrar las cosas más variadas: papel, maquillaje, hilo y aguja, pastillas, elásticos, cepillos, peines, curitas, desodorantes, perfumes varios, cigarrillos, etc. Generalmente los preservativos son lo único que estas mujeres no tienen en la mesa, (o por lo menos no los tienen a la vista), ya que hay máquinas o algún cartel que nos hace reír que dice: “Los preservativos se venden en la barra”, como si una fuera a comprarlos allí.
En los de hombres –según me han dicho-, también hay hombres con mesitas. Lo cual me resultó muy raro, y casi inimaginable. Pensaba que sólo las mujeres tenían esas extrañas necesidades, como por ejemplo: una vez a una mujer se le había roto el zapato, y con dos bandas elásticas gruesas negras que la señora del baño tenía (¿?) pudo continuar bailando toda la noche como si nada hubiera pasado.
Pero siguiendo con el baño de hombres, me han contado que algunos de los susodichos de las mesas (o los que atienden estos kioskos semi ambulantes) piden una propina a gritos, y si alguno no le deja una monedita, empieza a insultarlo a sus espaldas para concienciar a la siguiente víctima y conseguir que éste sí le deje algo.
Similitudes y diferencias:
En el baño de mujeres, no nos importa cuantas seamos, vamos a seguir ingresando y pidiendo permiso a la otra que está estorbando nuestro camino mientras se sigue masacrando la cara con base y rimel.
En el baño de hombres no se precipitan. En general no están congestionados, y hasta algunos al ver que está ocupado prefieren esperar a que los pocos hombres que se encuentran dentro salgan para ingresar.
BM, siempre, sieeeeempre vamos a hacernos algún comentario. Siempre diremos algo como “No hay nadie para bailar”, o alguna entrará quejándose de la falta de hombres, o “que está difícil la noche”. Algunas elogiarán el vestido de otra, le preguntarán dónde lo compró (alguna atrevida cuanto le costó).
BH, no se hablan. El baño no es un lugar social, es simplemente para cubrir una urgente necesidad biológica. Evitan mirarse, y los que hablan es en general por celulares. Se pueden escuchar partes de conversaciones que incluyen, por supuesto, “Tengo mucho trabajo”…¡Ja!.
BM, algunas entablarán una íntima relación con la señora/señorita del baño. En caso contrario, pueden llegar a serle indiferente, o incluso aborrecerla hasta tal punto de renegar de ir al baño solo por tener que verle la cara.
BH, se limitan a saludos bonachones si el señor del baño tiene una edad considerable, “¡qué haces, Juancitooooooo!”, y Juancito responde: “¡Cómo le va maestro!”. En el caso de que el susodicho sea más joven, pueden intercambiar bromas típicas del sexo masculino.
Y la más esperada y la cruda verdad…
BM, por supuesto…nos lavamos las manos, perfumamos, maquillamos, peinamos, antes de salir nuevamente a las pistas.
BH, SOLO LA MINORÍA SE LAVA LAS MANOS.
Sí. Esa, según un bailarincito que se le escapó, es la verdad.
[Se agradece espacialmente a Pianito Vazquez y el señor Leo -el que habla alto- Mantel]
2 de agosto de 2007
5 de julio de 2007
Boleo alto, o ¡alto boleo che!
En una entrevista leí que una bailarina decía estar cansada de una frase muy usada por las mujeres de la milonga; “yo bailo si me llevan”. Por supuesto que todas las mujeres bailan si las llevan, sobre todo cuando el pobre hombre tiene ante sí una heladera que no se mueve, ni cruza, o hace ochos involuntarios y tiene que recurrir a la brusquedad para, efectivamente, “llevarla”.
No, muchachas, señoras…claro que no, NO deben utilizar más esta frase, ya que la mujer que sea bailarina de ley seguramente las mirará con desdén y se retirará del baño en donde usted le estaba metiendo charla porque planchó toda la noche y no supo hacer otra cosa más que ir a ponerse un poquito más de rimel.
Vamos a revisar un concepto: el hombre propone, marca, lleva, comunica, o como gusten definirlo, lo que quiere que las mujeres efectúen en sus pies. Pero de ahí a que la mujer sea una buena bailarina, o que “baile” como ella dice, hay un largo camino. Quién no se ha encontrado en una clase con una mujer que dice “Sí, yo bailo”, y cuando simplemente caminamos con ella nos damos cuenta que es, como decía antes, una heladera. Y no recuerdo quién me comentó la frase de un profesor; “para mover muebles me quedo en mi casa”.
Con la gran oferta de clases de técnica para la mujer que hay, mi recomendación a todos los electrodomésticos que andan sueltos por allí, es de tomar aunque sea una para descubrir este mundo nuevo de poder pararse casi en punta y no caerse para el costado. Porque además de ser ligera, la mujer tiene que crear su personalidad bailando, realizar adornos, jugar con los pies, tener buena postura, y rítmica. Y nada de esto se consigue sin equilibrio.
No, muchachas, señoras…claro que no, NO deben utilizar más esta frase, ya que la mujer que sea bailarina de ley seguramente las mirará con desdén y se retirará del baño en donde usted le estaba metiendo charla porque planchó toda la noche y no supo hacer otra cosa más que ir a ponerse un poquito más de rimel.

Vamos a revisar un concepto: el hombre propone, marca, lleva, comunica, o como gusten definirlo, lo que quiere que las mujeres efectúen en sus pies. Pero de ahí a que la mujer sea una buena bailarina, o que “baile” como ella dice, hay un largo camino. Quién no se ha encontrado en una clase con una mujer que dice “Sí, yo bailo”, y cuando simplemente caminamos con ella nos damos cuenta que es, como decía antes, una heladera. Y no recuerdo quién me comentó la frase de un profesor; “para mover muebles me quedo en mi casa”.
Con la gran oferta de clases de técnica para la mujer que hay, mi recomendación a todos los electrodomésticos que andan sueltos por allí, es de tomar aunque sea una para descubrir este mundo nuevo de poder pararse casi en punta y no caerse para el costado. Porque además de ser ligera, la mujer tiene que crear su personalidad bailando, realizar adornos, jugar con los pies, tener buena postura, y rítmica. Y nada de esto se consigue sin equilibrio.
Clases de técnica a saber (puede que algunas no están dando en este momento):
Alejandra Arrué
Alejandra Martiñan
Aurora Lubiz
Alejandra Arrué
Alejandra Martiñan
Aurora Lubiz
Estas son algunas de las tantas que olvidé seguramente nombrar. No hay pero que valga: ni la edad, porque hay increíbles milongueras viejas, ni que nada más aprendieron dos pasitos para ir de levante, porque recordemos que nadie sale de Fravega con novio.
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Primero lo primero: pisar con el metatarso.
Nunca fui buena comenzando cosas. Cartas, disculpas, declaraciones de amor, todas éstas en donde había alguien esperando que llegara al grano me ponían nerviosa. Pero una de las cosas que recuerdo que no me puso nerviosa al comenzarla fue bailar. Por eso no se me ocurrió mejor manera que comenzar este blog de anécdotas del tango y el mundo de la milonga, que con el recuerdo de mis primeros pasos.
Llegué a un gimnasio en dónde los sábados se daban clases a las siete de la tarde. Pasé por el ruidoso ambiente de gente transpirada y música ¿electrónica?, o digamos “de gimnasio”, y por fin llegué al salón con piso de madera, espejos y barra en donde se veía por la puerta de vidrio a gente bailando. Cuando el profesor abrió la puerta, llegó hasta mí el compás y el vozarrón de algún cantor que ahora no podría recordar. Y ahí empezó todo.
En ese momento tenía quince años, llevaba una remera roja gigante, y unas zapatillas gastadas con cordones fucsias. Ese aparato fue el que comenzó a caminar hacia atrás apoyándose sobre el pecho de un hombre.
Esto me lleva a reflexionar lo afortunada que fui, y lo afortunado que es aquel que se cruza en algún momento con el tango. Porque puedo dar fe, que una vez que este melancólico testigo aflora dentro de uno, ya no hay vuelta atrás.
Hace un tiempo un musicalizador a quien le tengo mucho aprecio me contó que tenía dos hijos, uno que había seguido sus pasos, y otro que era abogado y no le interesaba la música. Y al final me dijo: “Y bueno, vos sabes, esto te llega o no te llega”, y es verdad. No hay punto medio -y con esto no quiero decir que debamos dejar todo por el tango-, pero nadie que realmente se enamore del tango puede volver atrás y hacer como si esa visita hubiera sido temporaria.
Eso es otra cosa que me encanta del tango: la forma en la que llega a cada persona, cada uno tiene su historia distinta, por herencia familiar, por una pareja, por necesidad de una escapada, por mal de amor, y hasta por casualidad.
Llegué a un gimnasio en dónde los sábados se daban clases a las siete de la tarde. Pasé por el ruidoso ambiente de gente transpirada y música ¿electrónica?, o digamos “de gimnasio”, y por fin llegué al salón con piso de madera, espejos y barra en donde se veía por la puerta de vidrio a gente bailando. Cuando el profesor abrió la puerta, llegó hasta mí el compás y el vozarrón de algún cantor que ahora no podría recordar. Y ahí empezó todo.
En ese momento tenía quince años, llevaba una remera roja gigante, y unas zapatillas gastadas con cordones fucsias. Ese aparato fue el que comenzó a caminar hacia atrás apoyándose sobre el pecho de un hombre.
Esto me lleva a reflexionar lo afortunada que fui, y lo afortunado que es aquel que se cruza en algún momento con el tango. Porque puedo dar fe, que una vez que este melancólico testigo aflora dentro de uno, ya no hay vuelta atrás.
Hace un tiempo un musicalizador a quien le tengo mucho aprecio me contó que tenía dos hijos, uno que había seguido sus pasos, y otro que era abogado y no le interesaba la música. Y al final me dijo: “Y bueno, vos sabes, esto te llega o no te llega”, y es verdad. No hay punto medio -y con esto no quiero decir que debamos dejar todo por el tango-, pero nadie que realmente se enamore del tango puede volver atrás y hacer como si esa visita hubiera sido temporaria.
Eso es otra cosa que me encanta del tango: la forma en la que llega a cada persona, cada uno tiene su historia distinta, por herencia familiar, por una pareja, por necesidad de una escapada, por mal de amor, y hasta por casualidad.
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